El Ser y El Objeto

En filosofía se entiende por sujeto un ser dotado de conciencia y de voluntad, que conoce y actúa en conformidad con sus propios designios. Al sujeto se contrapone el objeto, como una cosa exterior hacia la cual se dirige la conciencia y la actividad del primero.

Esta simple definición que encontré por accidente en Internet, nos dice bastante creo yo. Hay obras importantes en la historia de la filosofía, como El Ser y El Tiempo, de Martin Heidegger, o El Ser y La Nada de Jean Paúl Sartre. Tratados importantes y extensos que intentan arrojar un poco de luz sobre la relación que tenemos con el mundo que nos rodea.

También podemos encontrar otro tipo de estudios, más cargados hacia la física y la ciencia, que estudian la relación espacio-tiempo. Gran parte de los esfuerzos intelectuales de Einstein, por ejemplo, estuvieron centrados en este tipo de asuntos.

Y por supuesto también tenemos muchísimos libros sobre economía. El meollo del asunto, lo que nos preocupa a todos… dinero, dinero, dinero. Uno de los casos más interesantes, en mi opinión, es George Soros, famoso por haber quebrado al banco de Inglaterra especulando con divisas. Trader, inversionista, escritor y filósofo, entre otras monerías. Basó su pensamiento en la obra del filosofo alemán Karl Popper y desarrolló un concepto interesante, que él llama reflexividad, y es lo que en su opinión mueve los mercados. No la matemática y los modelos económicos tradicionales, sino la emoción, los procesos reflexivos de las grandes multitudes que se auto-refuerzan y auto-destruyen constantemente, creando los salvajes vaivenes económicos que ya todos conocemos; épocas de bonanza increíble seguidas de crisis abismales.

Pero a pesar de todo eso, nadie se ha preocupado por estudiar la relación primigenia entre el ser y el objeto, la más importante de todas en mi opinión. Es una conexión tan cercana como la que existe entre los seres humanos y los árboles, consumiendo unos oxígeno para expulsar dióxido de carbono, mientras los otros consumen dióxido de carbono y producen oxígeno.

En la antigüedad, las tribus y culturas primitivas entendían mucho mejor la relación tan cercana que existe entre nosotros y las piedras, por ejemplo. La vida misma se formó gracias a los minerales que trajeron los meteoritos del espacio que, combinados con los gases de la atmósfera, agua y un poco de electricidad en forma de relámpagos de tormenta, originaron las primeras formas de vida conocidas. Esto es un hecho científico, comprobado incluso en experimentos de laboratorio desde hace décadas, y si no se enseña en las escuelas ni se le da mucha difusión tampoco entre la población adulta, es porque entra en conflicto directamente con la mayoría de las religiones y sistemas de pensamiento establecidos.

Pero los ancestros lo sabían y por eso le daban tanta importancia a los amuletos, collares, tótems y demás representaciones de poder. Sus rituales incluían todo tipo de objetos sagrados, al igual que su vestimenta y ornamentación. Si bien hasta nuestros días seguimos idolatrando piedras y minerales como el oro, la plata o los diamantes, los antiguos entendían de una forma más consciente el poder que se genera entre nosotros, de eso no me queda la menor duda.


Intercambio

Todo en la naturaleza es un intercambio. La abeja recibe el néctar de las flores a cambio de transportar el polen, ayudando así a la reproducción y expansión del reino vegetal. Algo similar ocurre con todo lo demás. Sin importar que hablemos de relaciones de pareja, amistad o intercambios comerciales, en cualquier transacción que se sostenga durante un periodo de tiempo considerable, las partes involucradas deben obtener ganancias o ventajas similares y complementarias.

Y es en este intercambio precisamente donde la relación entre el ser y el objeto se vuelve trascendental. Tal vez es cierto que el objeto por sí mismo no es tan importante, que somos nosotros los que le damos su poder, como a los metales preciosos y los amuletos. Sin embargo, esa relación tan cercana que tenemos entre el objeto consciente (nosotros) y el objeto inanimado, es lo que sostiene los pilares de las sociedades modernas desde hace siglos, incluso milenios.

El objeto ayuda a potenciar las capacidades del ser, si se lo toma como lo que es: un medio para conseguir algo que queremos. El objetivo último del guerrero, según la obra de Carlos Castaneda y Las Enseñanzas de Don Juan, es la libertad absoluta. Pero para llegar a esa libertad, el chamán, el brujo, utiliza diferentes aliados; sustancias, drogas, amuletos, rituales… objetos al fin y al cabo.

Nuestra problemática actual, con montones de personas suicidándose por estar inmersos en deudas, por falta de dinero, es absurda. El dinero no existe por sí mismo, es una ilusión, una creación del hombre para el hombre y por el hombre. Bonitos papeles con grabados exóticos y sellos de autenticidad para impresionar a los incautos. Hemos caído en la trampa de Golum, ese personaje repulsivo de J. R. Tolkien que aparece en El Señor de los Anillos, volviéndonos esclavos de la famosa joya, dejando de poseerla para ser poseídos por ella.

Es fácil caer en las trampas del poder cuando no se tiene la preparación adecuada para soportar la carga que representa. Así como es fácil caer en las garras del crédito y el vivir de apariencias, también es muy sencillo entregar nuestra voluntad a los poderes superiores que mueven los hilos del mundo. No importa que hablemos del gobierno o de los grandes conglomerados de inversionistas, siempre ha habido y siempre habrá un puñado de personas en el mundo tomando decisiones y pastoreando al resto, millones de almas en pena enceguecidas por una sola cosa que toma diferentes máscaras: el objeto.


El Objeto

Autos de lujo, mansiones, mujeres hermosas, aviones, joyas, yates, ropa de marca… no importa la forma que adopte el cebo, la carnada logra siempre ser lo más adecuado para el sujeto. La diversidad misma logra que haya suficiente carnada fresca para todos, y es tan sólo cuestión de tiempo para que todos prueben la muestra gratis que se les ofrece por doquier. Una vez que eso ocurre, como con la dosis gratuita de droga que ofrecen los dealers en las escuelas, se garantiza el consumo a perpetuidad. Puede ser azúcar, sexo, drogas, fama, juego o posesiones materiales, eso es lo de menos. Lo que realmente importa es esclavizar a los débiles con amuletos cada vez más llamativos y brillantes.

Un buen comerciante sabe que el producto que vende no determina las ganancias. Así como un buen jugador de póquer puede ganar con una mala mano y un mal jugador por lo general pierde, aun teniendo buenas cartas, en comercio resulta intrascendente que se vendan piedras, petróleo o autos. Lo que realmente crea una diferencia es la mentalidad, la visión, la perspectiva del sujeto.

En palabras de Warren Buffett, el legendario inversionista estadounidense, hay que perseguir la visión, no el dinero, y si haces esto el dinero acabará persiguiéndote a ti. Alquimia pura… mientras perseguimos el oro, éste nos evade, pero una vez que nos olvidamos de él y nos concentramos en jugar bien, en hacer nuestro mejor esfuerzo, todo empieza a cobrar sentido.


La ventaja de reposar sobre El Objeto

A pesar de que el esfuerzo de la mayoría de las personas en el planeta se concentra en la obtención de bienes materiales (objetos), también es común la práctica de satanizar al objeto, considerándolo algo malo, digno de vergüenza. Las grandes religiones predican la austeridad, al estilo de Jesucristo o Buda, la renuncia al objeto, a las posesiones materiales, como un medio para liberarse.

En parte tienen razón, la mayor parte del tiempo los objetos nos poseen más de lo que nosotros los poseemos a ellos. Por cuidar nuestros tres cacahuates, por evitar que nos roben nuestro preciado tesoro, al estilo de Golum, nos anclamos a objetos, casas, terrenos, autos y demás, que por sí solos no tienen valor alguno. Pero por otra parte, el objeto guarda un valor en sí mismo. Es una garantía, un comodín… poder portátil, como decía el profesor de Harvard Niall Ferguson en el documental El Poder del Dinero.

Así como se deja en prenda o garantía un objeto en una casa de empeño, cualquier persona puede descansar sobre el valor intrínseco que poseen los objetos. Las antigüedades son un buen ejemplo de ello. Son artículos coleccionables, únicos, difíciles de encontrar que poseen valor en sí mismos. Son una pieza importante del rompecabezas en la historia humana, y su valor no decae con el paso del tiempo como ocurre con la mayoría de los artículos de uso cotidiano, al contrario, su valor se incrementa más y más.

Por eso las antigüedades son una de las mejores inversiones que existen. No te vas a volver millonario en pocos años como si invirtieras en Bitcoin o la empresa tecnológica de moda, pero tu dinero estará a salvo y tendrás bellos objetos para contemplar o incluso usar, ya que antes las cosas se fabricaban para durar, no existía la famosa caducidad programada con la que hemos destrozado el mundo en los últimos años.

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