Los Cantos de Maldoror

Conde de Lautréamont

Canto I Estrofa IX


Al claro de la luna, cerca al mar, en los aislados lugares de la campiña, se ve, cuando uno esta sumido en amargas reflexiones, que todas las cosas revisten formas amarillas, indecisas, fantásticas. La sombra de los árboles, rápida unas veces, lenta otras, corre, va y viene, de distintas formas, aplanándose, pegándose a la tierra. En aquel tiempo, cuando me llevaban las alas de la juventud, eso me hacía soñar, me parecía extraño; ahora estoy acostumbrado a ello. El viento gime a través de las hojas con sus lánguidas notas y el búho entona su grave lamento que eriza los cabellos de quienes lo escuchan. Entonces, los perros enfurecidos, rompen sus cadenas, se escapan de las lejanas granjas; corren por la campiña, aquí y allá, presas de la locura. De pronto, se detienen, miran a todos lados con hosca inquietud y los ojos encendidos; y, al igual que los elefantes, antes de morir, dirigen en el desierto una postrera mirada al cielo, elevando desesperadamente su trompa, dejando caer inertes sus orejas, levantan la cabeza, hinchan el terrible cuello y rompen a ladrar, unas veces como un niño que grita de hambre, otras como un gato herido en el vientre sobre un tejado, otras como una mujer que va a dar a luz, otras como un moribundo apestado en el hospital, otras como una muchacha que canta una sublime melodía, contra las estrellas del norte, contra las estrellas del este, contra las estrellas del sur, contra las estrellas del oeste; contra la luna; contra las montañas que semejan, a lo lejos, gigantescos roquedales que yacen en la oscuridad; contra el aire frío que aspiran a plenos pulmones y que vuelve rojo y ardiente el interior de su nariz; contra el silencio de la noche, contra las lechuzas cuyo vuelo oblicuo roza su hocico, llevando una rata o una rana en el pico, alimento vivo, dulce, para sus pequeñuelos; contra las liebres, que desaparecen en un abrir y cerrar de ojos; contra el ladrón que huye a uña de caballo tras haber cometido un crimen; contra las serpientes que, agitando los brezales, les hacen temblar la piel y rechinar de dientes; contra sus propios ladridos que les dan miedo; contra los sapos, a los que destrozan en una seca dentellada (¿por qué se han alejado tanto de la ciénaga?); contra los árboles cuyas hojas, suavemente acunadas, son otros tantos misterios que no comprenden, que quieren descubrir con sus ojos fijos, inteligentes; contra las arañas, suspendidas entre sus largas patas, que trepan a los árboles para huir; contra los cuervos que no han encontrado durante el día nada que comer y que regresan al nido con las alas fatigadas; contra las rocas de la orilla; contra los fuegos que aparecen en los mástiles de invisibles navíos; contra el sordo ruido de las olas; contra los grandes peces que, nadando, muestran su negro lomo y se hunden, luego, en el abismo; y contra el hombre que los hace esclavos. Tras ellos, comienzan de nuevo a correr por la campiña, saltando con sus patas ensangrentadas por encima de los fosos, los caminos, los campos, las hierbas y las escarpadas piedras. Diríase que sufren de la rabia, que buscan un gran estanque para apaciguar su sed. Sus prolongados aullidos aterrorizan a la naturaleza. ¡Ay del viajero rezagado! Los amigos de los cementerios se arrojarán sobre él, le desgarrarán, le devorarán con su boca de la que chorrea sangre; pues sus colmillos no están dañados. Los animales salvajes, sin atreverse a acercarse para participar en aquel banquete de carne, huyen, temblorosos, hasta perderse de vista. Tras unas horas, los perros, derrengados por tanto correr de un lado a otro, casi muertos, con la lengua colgando de su boca, se arrojan unos contra otros, sin saber lo que hacen, y se desgarran en mil jirones con increíble rapidez. No lo hacen por crueldad. Cierto día, con los ojos vidriosos, mi madre me dijo: “Cuando estés en tu lecho y escuches los ladridos de los perros en la campiña, ocúltate bajo tus mantas, no te burles de lo que hacen: tienen sed insaciable de infinito, como tú, como yo, como todos los demás humanos de rostro pálido y alargado. Te autorizo, incluso, a ponerte ante la ventana para contemplar este espectáculo, que es bastante sublime.” Desde entonces, respeto el deseo de la muerta. Como los perros siento necesidad de infinito… ¡Y no puedo, no puedo satisfacer esa necesidad! Soy hijo del hombre y de la mujer, según me han dicho. Me sorprende… ¡creía ser más! Por lo demás, ¿qué importa de donde vengo? Si hubiera dependido de mi voluntad, habría preferido ser el hijo de la hembra tiburón, cuyo apetito es amigo de las tempestades, y del tigre de reconocida crueldad: no seré tan malvado. Vosotros que me miráis, alejaos de mí, pues mi aliento exhala un aire envenenado. Nadie ha visto todavía las verdes arrugas de mi frente; ni los salientes huesos de mi demacrado rostro, parecidos a las espinas de algún gran pez, o a las rocas que cubren la orilla del mar, o a las abruptas montañas alpinas que recorrí a menudo, cuando cubrían mi cabeza cabellos de otro color. Y cuando merodeo en torno a las habitaciones de los hombres, durante las noches tormentosas, con los ojos ardientes, flagelados los cabellos por el viento de las tempestades, aislado como una piedra en el camino, cubro mi ajado semblante con un pedazo de terciopelo, negro como el hollín que llena el interior de las chimeneas: los ojos no deben ser testigos de la fealdad que el Ser supremo, con una sonrisa de poderoso odio, puso en mí. Cada mañana, cuando para los demás se levanta el sol, derramando el gozo y el calor salutarios sobre toda la naturaleza, mientras ninguno de mis rasgos se mueven, mirando fijamente el espacio lleno de tinieblas, acurrucado en el fondo de mi amada caverna, presa de una desesperación que me embriaga como el vino, lacero con poderosas manos mi pecho hecho jirones. ¡Y sin embargo siento que no tengo la rabia! ¡Y sin embargo siento que no soy el único que sufre! ¡Y sin embargo, siento que respiro! Como un condenado que ejercita sus músculos, pensando en la suerte que les espera, y que pronto subirá a cadalso, de pie en mi lecho de paja, con los ojos cerrados, giro lentamente mi cuello de derecha a izquierda, de izquierda a derecha durante horas enteras; y no caigo muerto. A veces, cuando mi cuello no puede seguir girando en el mismo sentido cuando se detiene para comenzar a girar en sentido opuesto, miro súbitamente al horizonte, a través de los escasos intersticios dejados por la espesa maleza que cubre la entrada: ¡y no veo nada! Nada… salvo las campiñas que danzan, en torbellino, con los árboles y las largas hileras de pájaros que cruzan los aires. Eso me turba sangre y cerebro… ¿Quién me golpea, pues, con una barra de hierro en la cabeza, como un martillo que golpeara el yunque?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *