La Nieve

No puedes jugar con fuego cuando eres de cera

MF2

Hay mucha gente sin electricidad ni agua por las nevadas y el mal clima. Somos afortunados por tener ambas cosas durante la peor helada que ha azotado Texas desde hace mucho tiempo. El mayor problema que tuvimos fue con la calefacción; un par de cables se tronaron y tuvo que venir Charlie, el handyman, a arreglarlo.

Miento. El problema más grande que tuvimos fue que mi madre murió él sábado en la madrugada, en México. Su certificado de defunción dice 4:55 am, pero yo sé que fue a las 4:50. Lo sé porque yo estuve ahí. A pesar de estar muy lejos, estuve ahí con ella, acompañándola en el hospital en donde murió sola y aislada para evitar contagios.

Cuando vivía en Europa y leía a los existencialistas franceses como empedernido, me preguntaba si yo sentiría lo mismo que El Extranjero de Camus al morir mamá, cuando al inicio del libro decía: Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias. Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer.

Nada más alejado de la realidad. Hemos llorado y llorado sin parar. Y la nieve no ayuda en absoluto. Los caminos están cubiertos, la gente de aquí no está acostumbrada a este clima y no se sabe qué hacer. Aparte de los problemas con la luz y el agua hay escasez de gasolina y de alimentos, pero sobre todo de ánimo. No tenemos fuerza para nada, así que tal vez la nieve está bien. Al menos podemos abrir la ventana y ver todo ese blanco luminoso para compensar la oscuridad que invadió a la familia, y tenemos un buen pretexto para no trabajar y seguir llorando.

Dicen que murió de Covid, la nueva plaga que azota al mundo. No son solamente los texanos quienes andan atolondrados, la humanidad entera se debate entre la vida y la muerte con esta pandemia. Después de muchos años sin grandes guerras ni plagas se nos había olvidado lo que es sufrir en serio y ahora no sabemos qué hacer. Al principio muchos no creímos que fuera real, me incluyo en esa lista. Pensamos que era otro invento de los gobiernos para manipularnos, y bien puede que así sea. Hay muchas teorías de conspiración al respecto. Unos dicen que fue intencional, otros creen que de verdad fue un accidente muy casual, que al chino ese simplemente se le antojó mucho el murciélago que se comió y no pensó en las consecuencias.

Lo cierto es que mi madre ya estaba mal desde mucho antes, ya se quería ir de este mundo y no luchó por su vida como debería. No hubo poder humano que la hiciera reaccionar. Desde que murió mi abuela Chonita cayó en esa depresión que se la acabó llevando a la tumba. En eso estamos todos de acuerdo: no fue el Covid quien la mató, fue la culpa y los remordimientos de no haber estado con su madre al momento de morir, de haberla mandado al asilo y todas esas cosas que se le metieron en la cabeza desde hace tres o cuatro años, y no hubo quién se las pudiera sacar de ahí.

No, no sirvieron ni las cartas ni las llamadas, todo fue inútil. Pensamos que se curaría sola, con el tiempo, pero a leguas se nota que no fue así. Eso de que el tiempo todo lo cura es una gran mentira, al menos para algunas personas como mamá. Dice MF que lo llevaba en el nombre, Socorro, y ni así nos dimos cuenta. Hasta sus iniciales eran SOS, y no pudimos verlo. Confiamos en el tiempo y ese gran hijo de puta nos defraudó a todos, como siempre lo hace.

Pero no es eso lo que quiero contarles. Lo que realmente importa es lo que vi mientras se iba. Chonita y su grupo de Guerrero vinieron por ella. La vi flotando entre los mundos, y ahí estaban todos alrededor con sus manos extendidas sobre ella. Eran tres mujeres y un hombre. Sinfo, Chonita, Josefina y Olegario. No me pregunten más detalles porque no los conozco, a la única que conocí fue a Chonita, mi abuela. Pero ellos se la llevaron, ese grupo fue, de eso no cabe duda alguna porque hasta la médium con la que han estado hablando mi papá y mi hermana lo confirmó, y ella sabe todavía menos que yo.

Sí, fueron ellos. De Sinfo yo algo había escuchado alguna vez, Chonita la mencionaba mucho. Pero de Josefina y Olegario nada sabíamos, así que tuvimos que investigar con mi tía, la hermana de mamá. Y resultó que sí había una Josefina y hasta dos, una muerta y una viva… nos interesa más la muerta, porque ella sí que era del grupo de Chonita y no sabemos en qué cosas andaban. Y del tal Olegario nada sabíamos, pero sí de Leonardo, el que secuestró a Chonita por doce años en la sierra y no la mató como amenazaba cuando se fue, pero sí la maldijo a ella y toda su descendencia.

Resulta sorprendente lo fácil que es cambiar un nombre por otro cuando quiere uno ocultarse. Basta con mover una ¨o¨, sustituir una ¨g¨ por una ¨n¨ y completar con el sobrante lo que le falta a la ¨i¨, voilá. Los tramperos son ingeniosos, de eso no cabe duda alguna. Y ahora lo difícil es rastrearlos, saben esconderse muy bien. Los nombres de las rancherías que me ha dado mi tía ni siquiera aparecen en el mapa. El Mono, La Arena, El Llano… pareciera que se los tragó la tierra, o que nunca estuvieron aquí.

Chonita se iba cada cierto tiempo a “su tierra”, así le decía ella. De Cuernavaca llegaba a Altamirano y de ahí seguía en autobús hasta La Arena, pero después de eso ya no sabemos mucho más, sólo que no había caminos muy accesibles y tenían que moverse a caballo o a pie para llegar a El Mono. Después de que huyó de Leonardo se fue a la Ciudad de México y ahí fue donde conoció a mi abuelo Ubaldo y nacieron mi mamá y mi tía, en una vecindad. Poco sabemos de él, todavía menos que de Chonita, porque murió de cáncer cuando ellas eran niñas y se perdió el contacto con su familia. Los hijos le quitaron todo el dinero, los autobuses que tenía y todo lo demás, y Chonita tuvo que ir vendiendo poco a poco el ganado que le quedaba en Guerrero para irla pasando. Eso junto con la costura las mantuvo con vida hasta que mi mamá y mi tía pudieron trabajar también y contribuir un poco.

Y si resolver los problemas de Coquito, que así le decían sus amistades a mamá, eran difíciles en vida, pues imagínense ahora muerta, con las complicaciones que eso representa. De por sí andamos a tientas siempre en estos rumbos, sin saber muy bien por qué o para qué estamos aquí, cuantimás con una desgracia de tal tamaño. No voy a decir que no tiene ventajas el estar muerto, porque el cuerpo pesa mucho y quitarse esa carga ayuda también a liberarse de las culpas y los remordimientos. Pero por otra parte la comunicación, ya de por sí difícil, se vuelve más complicada aún.

Lo bueno que la nieve ya se está derritiendo. Hoy salí a dejar algunos paquetes y ya hay más gente en las calles; el sol brilla en lo alto y hasta los pájaros vuelven a volar, calentándose donde pueden los que no se congelaron. Sí, parece que la vida se reactiva. Mi mamá fue conmigo y la felicité por sus progresos con la luz. Ya puede comunicarse mejor con mi papá y sé que pronto limarán asperezas y podrá descansar en paz. Si decide quedarse con Chonita o busca a mi abuelo Ubaldo ya será cosa de ella. Está acumulando fuerza, poder, energía… redescubriendo sus dones que no quiso aprovechar en vida y que pudrieron un poco o un mucho su alma, pero nada que no se pueda arreglar.

Dicen que Leonardo fue a buscarla hasta la Ciudad de México en alguna ocasión. Eso me contó mamá, no sé si será cierto o no, pero supongo que lo será, ¿por qué habría de mentir en eso? Y siguió dejándola vivir, no la mató como amenazaba, pero sólo Dios sabe lo que pasó por su cabeza y su alma cuando vio que Chonita ya tenía nueva familia. Dicen que habló con mi abuelo Ubaldo y se fue. Al poco tiempo murió mi abuelo de su cáncer que tenía en el estómago. Y Chonita siguió cosiendo y cosiendo, dándole duro a ese pedal para olvidar las amenazas de Leonardo. De vez en cuando vendía otra vaquita, pero no me pregunten cómo le hacían para comunicarse en aquellos tiempos y mandarse las instrucciones y el dinero, supongo que por cartas porque ni teléfono tenían, y si ahora que está el Internet y todo eso no podemos hallarlos pues mucho menos en aquellas épocas. Pero ellos sí que se encontraban y se daban indicaciones y se mandaban dinero entre ellos de formas que tal vez nosotros nunca entenderemos.

Pero otra vez me estoy saliendo del tema, les estaba hablando de mamá. Si no mal recuerdo les decía que por ayudarla tuve mi tercer encuentro con el piloto… el nagual que habita en mí, el doble o como prefieran llamarle; ese que te saca de apuros cuando parece que ya no hay esperanza, cuando los demonios atacan y las energías oscuras vienen a apoderarse de todo. El primer encuentro fue con Efraín Dávalos, el de San Pancho; todavía lo recuerdo como si fuera ayer. Le había ido a entregar unas fotos aéreas y teníamos que ir a otro lugar, al que por cierto nunca llegamos porque se nos atravesó un restaurante en San Julián, y adentro de ese restaurante había unos parientes de él que lo entretuvieron y lo emborracharon un poco o un mucho; yo iba manejando el Jetta blanco de Efraín, así que sólo me tomé una o dos cervecitas, tal vez tres pero no más de eso.

Me acuerdo que cuando llegamos al restaurante me dijo: deja las llaves pegadas, si se quieren llevar el coche que se lo lleven. Me pareció raro eso, siendo que estábamos en México y en este país la gente tiene la costumbre de robarse hasta los calcetines sucios. Pero desde que lo secuestraron, aunque tenía mucho dinero Efraín, eso no le importaba y sólo quería que lo dejaran tranquilo, y si robándose sus cosas lo dejaban en paz por él estaba bien. Yo en aquel entonces no pensaba así, también de eso me acuerdo, pero ahora sí pienso lo mismo. A los que todavía les interesan las cosas de este mundo pues que se lleven todas las que quieran, da igual, si con eso se calman.

Ya bien entrada la noche salimos del restaurante italiano ese, y bien clarito nos dimos cuenta de que ya no íbamos a llegar hasta el otro terreno que buscábamos, también de su propiedad, para ubicar las coordenadas con mi GPS y sacarle fotos luego desde el aire. Y nos dimos cuenta de otra cosa muy pronto, en cuanto empezamos a avanzar hacia la carretera de regreso a San Pancho, cuna de brujos. Había algo extraño con nosotros, en el coche. Yo nunca vi nada, porque yo no veo cosas, pero las siento. Era algo así como una energía muy pesada y oscura que nos atacaba. En algún punto el auto se apagó y tuve que orillarme al lado del camino. Agarré mi teléfono para ver por dónde estábamos, pero me desapareció de entre las manos. Bajé del coche, abrí la cajuela, tomé entonces el GPS que había dejado ahí antes y lo mismo pasó. Pum. Estaba y ya no está.

No era tampoco la primera vez que cosas tan extrañas me sucedían. Cuando pasó el accidente donde murió Lupillo, el socio piloto de mi papá en la escuela de vuelo que tenían y donde yo aprendí a volar, también empezaron a desaparecerse cosas de las manos. Si no mal recuerdo fue un chocolate primero. Siempre me han gustado los chocolates, y también me gustaba platicar con mi mamá en la cocina cuando vivíamos en Turner. Así me pasaba las horas platicando con ella, igual que mi hija más recientemente. Pero el asunto es que el chocolate se me desapareció de entre las manos mientras hablábamos, y yo tendría tal vez la edad que ahora tiene mi hija; no me espanté ni nada pero se me hizo muy extraño, y más extraño todavía cuando empecé a percibir y escribir cosas que después ocurrían o se confirmaban por otras personas. Y se siguieron desapareciendo objetos y prendas por un tiempo, hasta que Lupillo entendió que estaba muerto y no iba a poder hacer nada para cambiar eso.

Pero esa es otra historia y mejor ahí le dejamos con eso, porque si no jamás voy a terminar de contarles lo que pasó con Efraín Dávalos aquel día en la carretera entre San Julián y San Pancho. Volví a subirme al vehículo y de inmediato lo sentí; un crujido a la altura del cuello y tu ser saliendo de tu cuerpo, unos cuantos centímetros por encima de tu cabeza. Efraín encendió el auto y prendió, y desde ahí comenzamos a hablar los dos en un lenguaje que yo no hablo conscientemente, algo así como náhuatl supongo, y él me hablaba en esa lengua extraña y yo le entendía todo y le respondía y manejaba al mismo tiempo, evadiendo a las energías que nos atacaban.

Y fue así como ocurrió mi primer encuentro con el nagual que llevo dentro, con el doble, el otro yo. Ya nos estaba esperando uno de sus achichincles en su negocio, me urgió a que me subiera lo más rápido posible a mi coche para separarnos, que porque dos energías tan poderosas no deben estar mucho tiempo juntas, pues se vuelven demasiado atractivas para “ellos”. No me acuerdo bien si esto lo dijo Efraín o su achichincle, pero lo dijeron y era cierto, porque de regreso a León todo se calmó, como si no hubiera pasado nada.

Al día siguiente abrí la cajuela de mi auto y ahí estaban ambas cosas, mi teléfono y el GPS, con la batería cargada hasta el tope. Si no mal recuerdo estaban casi descargados y habían desaparecido en la carretera. Y no tardé mucho en volver a encontrarme con mi doble. Todos empezamos a morirnos de repente, Juan de Dios, Fabián, Juani… fue una auténtica carnicería, si sigo vivo es de puritito milagro. He tenido muchos accidentes volando, pero en el helizazo yo no tenía posibilidad alguna de salvarme. Siempre me cuesta trabajo escribir esa palabra, ¨helizazo¨, tal vez porque no existe en realidad. La busco en Google y las referencias que me aparecen son hacia mí mismo y otro blog que tengo desde hace muchos años, una especie de diario personal donde escribí hace tiempo:

La cuestión del doble en la literatura es muy común, empezando por el libro de Dostoyevski, El Doble, o con Herman Hesse y su Lobo Estepario que nos lleva después hacia la multiplicidad de yoes al estilo Pessoa… y por supuesto Carlos Castaneda y las enseñanzas de don Juan y don Genaro, donde los más grandes prodigios de la brujería se ejecutan precisamente por ese doble, una especie de piloto oculto en nuestro interior que, cuando nosotros, el copiloto, la caga muy feo, sale al quite y nos libra del peligro.

He vivido esto en carne propia ya en varias ocasiones, con el helizazo y tantos otros percances de vuelo, pero también fuera del ambiente de vuelo (o no tanto) como con el cuate de San Pancho.

Así que todo es un gran círculo que se cierra poco a poco, y llegamos de nuevo a ese tercer encuentro que acabo de tener con él por ayudar a mamá. Pero bueno, si lo he hecho por desconocidos, que no lo haga por mi madre ¿cierto? La nieve ya está casi derretida y pronto saldremos de nuevo a hacer nuestras cosas de todos los días, a ganar dinero para pagar las cuentas que se amontonan cada mes y no nos dejan respirar muy bien.

Ser como el río

Cuando tenía 15 años escribí un poemita muy breve que ha definido el resto de mi vida. Tal vez te acuerdes que hasta imprimí algunas copias de un pequeño libro, si no mal recuerdo era el primero; puede que todavía ande por ahí alguna copia perdida.

Yo soy como el río, por el que todo fluye

nada sabe, nada quiere

mas todo lo intuye

Así me sentía en aquella época y así me siento ahora. Por eso me han gustado hobbies como la patineta, el parapente, el snowboard o los veleros… en todos ellos fluyes, te deslizas, no peleas con la vida o con las fuerzas de la naturaleza. Las aprovechas a tu favor, no entras en conflicto con ellas; nunca vas a ganar si te sigues peleando con la vida, somos pequeñas hormigas en el Universo y lidiamos todo el tiempo con fuerzas superiores, con el clima, con espíritus, con el gobierno, con los bancos. Es como intentar pelear con un alienígena que te lleva milenios de ventaja en evolución tecnológica. Simple y sencillamente no tiene caso.

Se nos inculcó desde niños esa loca idea de las jerarquías, las clases sociales, la división de roles de acuerdo a nuestro sexo… y eso desde luego crea conflicto, luchas de poder, resentimientos.

Decían los existencialistas que la vida no tiene sentido, hay que dárselo. Por eso decían también que estamos condenados a ser libres, porque hasta el no elegir ya es una elección. Nos aventaron a este mundo sin saber por qué ni para qué; no sabemos de dónde venimos ni hacia dónde vamos.

Es muy fácil caer en la depresión y la locura, yo lo sé porque he estado ahí. Decía Guy de Maupassant que no debemos estar solos porque empezamos a poblar el espacio vacío con fantasmas, y es cierto. Cuando estuve viviendo en Europa me pasó, por eso regresé, porque los monstruos en mi cabeza, los espíritus que invocas al escribir (por eso dejé de escribir un buen tiempo también, pero no podemos negar nuestros dones para siempre), se apoderan de ti y empiezas a no pensar con lucidez; confundes a tus mejores aliados con enemigos. Las voces en tu cabeza, los demonios o como prefieras llamarles, hacen eso, buscan enemistarte contra tus aliados. Son fieles creyentes del “divide y vencerás”.

A mí me decían que matara a mi compañero de departamento en Madrid, el español que me había ayudado cuando necesitaba mudarme del otro hostal. Por alguna razón siempre hacen eso, te enemistan con las personas que tratan de ayudarte, así que debes hacer un esfuerzo grande por no escucharlos. Si son sólo voces en tu mente o entidades reales fuera de ti, a efectos prácticos es lo mismo, tienes que luchar contra eso. Hay quien cree en demonios y espíritus y hay quien no cree en nada de esas cosas. Yo prefiero ser escéptico, pero sabes que me han pasado muchas cosas, incluso en Guanajuato una posesión demoníaca, de la cual yo no recuerdo absolutamente nada pero sí intenté atacar; los perros ladrando, cambios de voz y todo el show completo.

He tenido demasiadas experiencias “raras” como para ser 100% escéptico, me gustaría serlo porque soy una persona de números, de hechos, de probabilidades, pero no puedo negar todo eso que me ha pasado y seguro hay algo más de lo que alcanzamos a ver con nuestros ojos. Existen demasiadas teorías al respecto y no creo que valga la pena perder el tiempo discutiendo sobre si son espíritus o sólo voces en tu mente causadas por la falta de oxígeno. La cuestión es que debes hacer un gran esfuerzo por dejar de escucharlas, sea quien sea no te está haciendo ningún bien, te están enemistando contra las personas que más te quieren, las que estamos tratando de salvarte y ayudarte.

Fluye con la vida, no luches contra ella, nunca ganarás. Es una batalla que tenemos perdida desde el principio, algo así como empezar perdiendo por cuarenta y cinco goles un partido de fútbol. No hay posibilidades de ganar aquí, pero podemos pasarla bien el tiempo que nos queda; divertirnos, aprender, ser felices, enamorarnos, sanar nuestras heridas y encontrar un nuevo propósito en nuestras vidas.

Ad Astra Per Aspera

Es una frase en latín que me persigue últimamente. La vi por primera vez el año pasado en Kansas, es su state motto, algo así como el eslogan estatal, y significa “a las estrellas a través de las dificultades”. Desde entonces me ha aparecido en libros, antigüedades, documentales, etc.

El 99.9% de las personas en el planeta están haciendo justo lo contrario, tratando de evitar las dificultades, buscando una vida cómoda y tranquila. Muy respetable, pero esa no es la esencia de la vida. Estamos aquí para probarnos a nosotros mismos, descubrir de lo que somos capaces, escalar montañas, explorar los mares, el cielo y, literalmente, como dice la frase, alcanzar las estrellas. En esa lucha están enfrascados los dos hombres más ricos del mundo, Jeff Bezos y Elon Musk, conquistar el espacio, llegar a Marte, poder salir del planeta en caso de ser necesario y no estar tan expuestos a la extinción como estamos ahora.

Por supuesto la mentalidad de estos nuevos hombres de hierro es muy diferente a la del resto de la población. Ellos buscan los problemas intencionalmente, no los evitan, los disfrutan, aprenden de ellos, los estimulan. No es masoquismo, es simple y sencillamente entender cómo funciona la vida. En la naturaleza todo lucha, desde las partículas más pequeñas, pasando por los animales hasta las galaxias enteras. Y todo lo hace en forma de espiral, es la manera que tenemos de crecer, de evolucionar. Incluso los robots aprenden de la misma forma. Son cuatro pasos muy sencillos: intentar, equivocarse, ajustar y volver a intentar. Hay quien le llama OODA a ese proceso también: observa, oriéntate, decide y actúa. La esencia es la misma, igual son cuatro pasos muy simples y eficientes.

Los únicos que estamos fuera de sintonía con ese patrón universal de la naturaleza somos los humanos, porque cuando intentamos y nos equivocamos, en vez de ajustar nos frustramos, lloramos, nos quejamos y nos victimizamos. La vida es “cruel” con todos por igual, a cada santo le llega su muertito como dicen por ahí, y si no pagamos las cuotas en abonos nos lo va a cobrar de contado, así funciona el asunto nos guste o no; pero nos lo tomamos personal, como dice Miguel Ruiz en Los Cuatro Acuerdos. Nuestro ego, nuestra importancia personal, recordando también a Carlos Castaneda y Don Juan, nos hacen creer que somos los únicos seres en el Universo sufriendo en este preciso instante, que somos especiales, que los dioses conspiran en contra nuestra.

Nada de eso es cierto, claro, pero nuestra percepción distorsionada de la realidad nos pinta ese paisaje desolador y oscuro. Desgraciadamente para algunos y afortunadamente para otros, en esta vida, aunque sea nuestro más ferviente deseo, no podemos ir de polizones. Si no ayudamos a remar, en automático estorbamos, nuestro mismo peso hace que los otros que sí van remando tengan que remar con más fuerza, y como no vamos haciendo nada pues nos aburrimos, y pues pa´ pasar el rato le empezamos a hacer unos hoyitos por aquí y por allá al barco, complicándoles aún más la cosa a los que sí reman.

La solución, por supuesto, es muy simple. Hay que remar, luchar, canalizar la energía que tenemos de forma positiva y no destructiva; ser estrellas, soles, galaxias, y no agujeros negros que arrastren hasta la misma luz con su oscuridad. Pero eso es una decisión personal, cada quien tiene que cambiar esa actitud destructiva en su momento, esperando que no sea demasiado tarde. Hay quienes nunca lo logran y se van de este mundo llenos de resentimientos y culpas. Es triste, pero cada persona decide lo que quiere hacer con su vida, y si experiencias difíciles como ésta (la pandemia) no nos hacen reaccionar y cambiar de actitud, honestamente no tengo idea de qué otra cosa pueda hacerlo.

Sé que hay gente que necesita el sufrimiento en su vida, el conflicto y la victimización. Personalmente no creo que sea necesario, me parece un gasto absurdo de energía. Habiendo tantos problemas reales y tangibles por resolver, gastar tiempo y recursos en conflictos imaginarios es inútil. Pero esta inmadurez o insensatez no ocurre sólo a nivel individual, también la tenemos colectivamente como países jóvenes e impulsivos que somos, peleando los rojos contra los azules o los verdes o del color que sean, queriendo imponer su opinión y sus ideas cada grupo o partido, igual que en nuestros matrimonios, amistades y sociedades de cualquier tipo. En eso gastamos toda nuestra energía. Como decía Louis Ferdinand Celine, “los hombres se aferran a sus cochinos recuerdos, a todas sus desgracias, y no se les puede sacar de ahí”.

¿Y qué deberíamos hacer entonces? ¿acaso existe solución? Sí, claro, y es muy sencilla. Lo primero y más importante es identificar el problema, el objetivo, y ubicarlo fuera de nosotros. Por ejemplo en este caso: sobrevivir al Covid. Punto. Ese es el objetivo y se hará todo lo que se tenga que hacer para lograrlo. El enemigo es el bicho y el objetivo es sobrevivir, ya está. Los doctores no son el enemigo, ellos están ahí para salvarte, no para chiquear, tienen mucho trabajo y hacen lo que pueden con lo que tienen. Y nosotros también, debemos hacer lo que podemos con lo que tenemos, como cualquier otro animal en la naturaleza. Seguir intentando, fallando, ajustando e intentando de nuevo sin parar.